Una manera absoluta de ver

Breve reseña de Béla Tarr. Después del final de Jacques Rancière, editado por El cuenco de plata.

Cada nueva publicación en la que Jacques Rancière se ocupa de abordar problemáticas referidas al lenguaje cinematográfico, se erige como un bienvenido capítulo de reflexión cinéfila que no debería soslayarse. Sabemos: el filósofo francés es un espectador de cine entusiasta, refinado, lúcido. Dedica a articular sobre el objeto cine gran parte de sus conceptualizaciones teóricas. A las recientes apariciones de Las distancias del cine y Figuras de la historia, se suma el sello El cuenco de Plata ensanchando ese espectro de novedades editoriales con un excelente y fundamental título: Bela Tarr. Después del final. En el desarrollo de cinco intensos capítulos, Rancière se ocupa de describir y descubrir las huellas autorales del cineasta húngaro recorriendo toda su filmografía, desde sus obras producidas bajo la burocracia estatal de la Hungría socialista, hasta llegar a una etapa de madurez estilística que comenzaría conCondena (1988) y culminaría con El caballo de Turín (2011). En ese abanico temporal, las marcas estilísticas del realizador parecen haber mutado: “la indignación del joven cineasta se traducía en movimientos bruscos de una cámara en mano que (…) saltaba de un cuerpo a otro para escrutar sus expresiones. El pesimismo del cineasta maduro se expresa en largos planos secuencia que exploran la profundidad vacía del campo alrededor de individuos encerrados en su soledad”. Sin embargo, hay algo que parece consolidar la construcción de un sistema coherente, de un estilo en el “sentido flaubertiano” como dice Rancière, “una manera absoluta de ver”. “Desde el primer film hasta el último está siempre la historia de una promesa insatisfecha”, dirá el filósofo