Veinte discos de 2012

Compilamos las reseñas de discos que publicamos en lo que va del año. Desde la banda sonora de Air para la versión restaurada de Viaje a la luna, de Méliès, pasando por lo nuevo de Guided by Voices, Leonard Cohen, Lana Del Rey, Bruce Springsteen, M. Ward, Prietto Viaja al Cosmos con Mariano, Jack White, Hot Chip, The Beach Boys, Patti Smith, entre otros.
Jack White - Blunderbuss

Air
Le voyage dans la lune.

EMI (edición conjunta CD/DVD)

Lo primero es la tapa –el afiche, el poster–: una luna con cara, cráteres como acné juvenil, boca, nariz, cejas, ojos y en uno de los ojos un cohete estacionado. La imagen, vista mil veces y ahora revisitada por la inmensa Hugo, es de la película de Georges Méliès, Viaje a la luna, filmada en 1902. Y después viene el resto. Y el resto es música y sensaciones, recuerdos y referencias.
El dúo francés Air, que ya coqueteó con la luna en su hermoso Moon Safari, decidió ponerle sus ruidos, secuencias, ambientes y atmósferas recargadas a la película centenaria, de la que hace poco se encontró una versión a color que fue restaurada a mano. Y el resultado es menguante, decreciente. Algunas canciones interesantes, otras obvias; trucos ya hechos, sonidos ya escuchados. La música, sin embargo, atrapa, como la luna: desde que leímos a Verne, desde que Tintín llegó en cohete, desde que mueve los océanos y nos hace crecer el pelo y la señalamos, cada vez que aparece.

Por Francisco Huisman.

 

Guided By Voices

Let’s Go Eat The Factory.

FIRE/GUIDED BY VOICES INC.

A veces esta sección parece una necrológica, pero es imposible no hacerse eco de algunos retornos, sobre todo cuando se trata de una de nuestras bandas favoritas.  Además, con una formación legendaria, aquella que produjo Bee Thousand y Alien Lanes, dos pedazos de rock and roll contemporáneo imbatibles. Y nada, obviamente no es tan bueno como nuestros sueños, pero es bastante bueno. Todo lo que canta Robert Pollard aumenta dos puntitos y está Tobin Sprout, ese héroe anónimo y magnánimo que es Tobin Sprout. Y se nota, porque hay canciones conmovedoras de un minuto y medio (“Doughnut For Snowman”) y un persistente sonido difuso, como si estuviéramos viendo el equivalente sonoro de una habitación de bar repleta de humo (“The Head”) y un poco de postura rockera mugrosa (“God Loves Us”) y una canción casi perfecta que no le saldría a una banda indie sub-30 en miles de años (“Waves”). Es un disco de GBV, ¿quién podría estar en contra de algo tan puro y bueno?

Por Amadeo Gandolfo.

Diosque

Bote.

INDEPENDIENTE

 

Para los desprevenidos, Juan Román Diosque es el autor de I Canción, ya un pequeño clásico de la década pasada, que supo amalgamar de manera fresca y novedosa folk, electrónica y hasta chamamé, con letras bellísimas que hablaban de llenar panzas de Zucoa y “horas que vienen huecas”. Junto con otros como Félix Cristiani, su irrupción representó una alternativa vital y real a las decenas de cantautores tradicionales que el indie local venía (y viene) fabricando en serie. Cinco años después, y ahora sin el apoyo de Sony (sello que extrañamente apostó por su edición), el tucumano lanza de manera digital y gratuita Bote, un segundo LP que no es estrictamente una novedad. Porque si bien mantiene ese afán por romper el orden lineal tanto del lenguaje como de la canción -una especie de autoboicot deliberado que lo vuelve fascinante-, algunas de sus mejores canciones (“La dictadura de tu belleza”, “La mañana”,  “Basural”) son reversiones de temas ya publicados y que en el camino dejaron algo de consistencia y emoción.  Aunque tal vez sea pueril quejarse por eso de un artista que ya declaró sus principios titulando su primer EP El arte descomponer: una justa definición para una obra que es infinita, circular y que vive en permanente estado de (re)creación.

Por Esteban Sahores.

 

Maximiliano Farber

El Último Romántico.

YO CON VOZ

Maximiliano Farber es un entusiasta. A diferencia de sus primeros discos (a caballo entre el cantautor de gomina y un robot construido con partes), lo que distingue a este es que a su voz suave y extravagante le agregó un acompañamiento musical que es pura precisión, elegancia y pompa, extrayendo parte de su anterior sonido desalineado. El disco comienza con “El Tema de Eduardo”, que parece un travelling larguísimo desde la perspectiva de alguien que sobrevuela un campo lleno de vacas,  retumbando de guitarras bucólicas y unos pianos muy melancólicos, y cierra con “Platón”, una canción que comienza perezosa pero se eleva sobre el final con épica lisérgica. En el medio hay un disco violentamente positivo, gregario (está dedicado a “los amigos”), muy marcado por un sonido folk-country pero barroco y repleto de “paredes de sonido”, en el cual cada canción parece una fábula de Esopo.

Por Amadeo Gandolfo.

 

 

Leonard Cohen

Old Ideas.

BMG

 

"Me encanta hablar con Leonard, es un deportista, un pastor, es un perezoso bastardo que vive en un traje". Canta Leonard en "Going Home", el primer track de Old Ideas. Y el Leonard al que se refiere es, claro, Leonard Cohen, nuestro superheroe favorito. El hombre del traje y la voz grave y las canciones más tristes del mundo.

Así arranca el disco y así continúa: un compendio exquisito de poesía y, de nuevo, esa voz, cavernosa y profunda; de coritos angelicales y de arreglos sutiles; de letras precisas -y preciosas- y de todas aquellas cosas que le podríamos haber pedido a Cohen.

Volvió Leonard, y uno se empequeñece de apenas intentar decir algo sobre su regreso. Sus ideas viejas -o ideas de viejo- son por momentos soplos de aire nuevo -o joven- ante tanta cosa igual y sin sentido. Volvió Leonard y, por un momento, el resto es silencio.

Por Francisco Huisman.

 

Lana del Rey

Born To Die.

UNIVERSAL

La verdad que no tenía idea de quién era Lana del Rey antes de que me dijesen que escriba esta reseña. Luego de una rápida búsqueda en Internet descubro que es una artista que se describe a sí misma como una Nancy Sinatra punk o algo así, que tiene una cierta base de fans, que muchos la consideran una mentira, un hype. Lo usual. Luego escuché el disco y nada, es un disco intrascendente, como la inmensa mayoría de discos que se editan en la categoría “chica seudo crooner sensual”. Tiene una voz rasposa y misteriosa totalmente al pedo, su single (“Videogames”) es insufrible, tiene menos groove que un lisiado y una letra inverosímil, pero el resto pasa desapercibido y no molesta. Qué se yo. Es la Kim Carnes del presente. Si editase vinilos, serían de los que se acumulan en las bateas de discos usados durante años, taponando toda esperanza, al lado de Supertramp.

Por Amadeo Gandolfo.

 

The Shins

Port of Morrow.

COLUMBIA

 

¿A cuántos de nosotros nos pasará que cada vez que alguien nombra a The Shins lo primero que imaginamos es la nariz de Zach Braff y, lo segundo, a Natalie Portman con auriculares polenta en un idílico paisaje de campiña? Tal vez, en ese imaginario instantáneo, resida todo el derrotero de esta banda de la que ahora sólo queda James Mercer: lindas melodías, lindas voces, lindas ideas, musicalización de lindas escenas en películas lindas. Como se preguntaba mi tía abuela: "¿le sacás lo lindo y qué te queda?".

Ahora, cinco años después de su último -y ni siquiera tan lindo- disco, vuelve The Shins, o lo que queda de ellos. Y, cómo decirlo, otra vez las canciones son lindas -sobre todo "Simple Song", que hasta podría ser parte de la banda de sonido de una linda película-, las voces son lindas, y así hasta el hartazgo. Eso sí: si buscas algo más que cosas lindas, seguro te van a dejar con las ganas. Lindas ganas.

Por Francisco Huisman.

 

Take That

Progress.

POLYDOR

 

¿Cómo convencerlos de que uno de los mejores discos del año pasado pertenece a una ex boy band inglesa de donde salió Robbie Williams? Take That siempre fueron extraños, especialmente porque la música de la banda giraba alrededor de las composiciones de Gary Barlow, con la vara única de la inmaculada creación. Gary Barlow, sin embargo, siempre fue un muy buen compositor, pero ello no opacaba el hecho de que se destacaban principalmente por sus rutinas de baile, que hacían suspirar a las jovencitas. Su último disco, el tercero desde su reunión en el 2005 y el primero con la agrupación al completo (esto es, con Robbie Williams, echado en 1995 por su consumo de drogas y por andar de fiesta con Oasis) es otra cosa, sin embargo. Es una oda a ciertas operáticas, gélidas, histéricas y fabulosas bandas de la electrónica post punk como ABC, The Associates, Human League, Soft Cell, Ultravox. Si uno lo piensa bien, las boy bands inglesas tienen un hilo descendente directo con estos gigantes del synthpop. De los peinados estrambóticos y el maquillaje y el fetichismo a los bailes desenfrenados y las baladas románticas hay solo un paso. Y ambos tienen en común la reinvención de uno mismo como una diva, como un ser más grande que la vida. En fin, el disco último de Take That tiene canciones apocalípticas y heroicas (“The Flood”), cantos a la rebelión juvenil (“Kidz”, que, por algún motivo, suena más sincero que si lo hiciese una banda de rock), grandes baladas casi glam (“Pretty Things”) y un final a todo culo, épico, en donde samplean “Vienna” de Ultravox y la construcción catedralicia de esa canción se traslada a la declaración de amor más directa y más sentida que he escuchado en un tiempo.

Por Amadeo Gandolfo.

 

Bruce Springsteen

Wrecking Ball

Amamos a Bruce y eso quizás a algunos les parezca extraño. Muchos verán en él al representante del peor chauvinismo norteamericano o a un leñador con mal gusto y voz seria. Pero Bruce es mucho más que eso. Su representación de los Estados Unidos es platónica pero también sincera: nunca ignora sus defectos o sus errores. Los Estados Unidos de Bruce son unos Estados Unidos de la mente, donde la posibilidad es lo que importa, la posibilidad, la igualdad de oportunidades, las personas que forman parte de ellos y les dan sentido; no es casualidad que algunas de sus mejores canciones sean pequeñas fábulas que se entrometen en la vida de personajes vencidos o sin esperanza y, a través de un rayo de luz que puede ser un auto, un país o un gesto romántico, de pronto escapan y se vuelven mejores. La biografía creativa de Bruce puede ser trazada con calco sobre la historia de su país en las últimas tres décadas. Por ello era interesante ver qué iba a hacer en este nuevo disco, producto de dos conjunciones muy particulares: por un lado, la muerte de su saxofonista de toda la vida, Clarence Clemons, el año pasado; por otro la polarización económica de los Estados Unidos, el crecimiento del libertarianismo, los efectos de la crisis. Como buen clásico norteamericano, Bruce se enfrenta a estos problemas con espíritu y enojado, pero sin perder la energía. Desde el título, que se apropia de la destrucción y los escombros. “We Take Care Of Our Own”, el primer tema, parece en primer lugar una celebración del patriotismo norteamericano para revelarse como una diatriba ácida y cargada de bilis contra un gobierno que, justamente, no ha cuidado a nadie. “Death of my Hometown” es una especie de balada irlandesa de guerra y muerte pero cuyo objetivo son los créditos, el flujo de dinero. Es un disco que muchos han comparado con “The Rising”, su disco post 9/11, al menos en cuanto a sus temas y su manera de procesar un momento histórico difícil. Pero a diferencia de ese, que estaba cargado de melancolía, este parece un canto de renacimiento, esperanza a futuro. Como si se hubiese perdido todo pero todavía se pudiese reconstruir, armados solamente con el inquebrantable espíritu humano. Por ese tipo de cosas amamos a Bruce.

Por Amadeo Gandolfo.

 

 

The Magnetic Fields

Love at the Bottom of the Sea

MERGE

No sabemos si fue por el esfuerzo cotidiano de la militancia o por alguna ardua negociación que desconocemos. Lo cierto es que tras más de una década de proscripción, volvieron los sintetizadores a los discos de Magnetic Fields. Con Love at the Bottom of the Sea, el grupo vuelve al synthpop que curtiera allá lejos en Holiday, aunque sin la frescura Lo-Fi de entonces. El disco disfruta de algunos grandes momentos con “Andrew in Drag”, casi una inversión de “Lola” de The Kinks; con la base electrónica à là “El auto fantástico” de “God Wants Us to Wait”, y con los temas superpoblados de ruidos locos, como en los tiempos de Future Bible Heroes. Pero también hay puntos bajos: mucho synthpop genérico, de rutina, que aburre. No, no es su mejor disco, pero aún así declaramos el 5 × 1: siempre es mejor escuchar uno mediocre de Magnetic Fields que cinco buenos de una banda mediocre.

Por Juan Álvarez Montero.

 

M. Ward

A Wasteland Companion

MERGE

 

En 1999, M. Ward sacó su primer disco: Duet for Guitars #2 y uno, que muchas veces se deja llevar por frases hechas o fórmulas de la felicidad, tiene ganas de escribir que en ese año, M. Ward -versión corta y amigable de Matthew Stephen Ward-, irrumpió en la escena, salió al ruedo, hizo su aparición triunfal y sorprendió a propios y a extraños. Pero lo cierto es que de irrupción, ruedo y sorpresa, poco y nada. Ward, como un ninja distraído, un día simplemente estaba ahí: con sus canciones, que suenan viejas frágiles y gastadas, también, como si siempre hubiesen estado allí. Hoy Ward vuelve -aunque nunca se fue- con un nuevo trabajo. Grabado en siete estudios diferentes con la compañía de 18 músicos, A Wasteland Companion es, sí, el mismo compendio de canciones ajadas y desvalidas. Pero cómo nos gustan.

Por Francisco Huisman.

 

Prietto Viaja al Cosmos con Mariano

Le Prièt Vaha Chosmos e Ba Con Maourian!!!

Siempre nos cayeron bien Prietto y Mariano. Dos locos que vienen sacando discos desde mitades de los 00s que son una combinación de ruidos melancólicos, canciones rock con letras de tristeza tanguera y una onda hippie pero hippie pobre y callejero y cantautor, no hippie insoportable y pacifista. Su último disco es un disco doble, ambición gigantesca a la que el rock nacional ya parece no animarse. Y está lleno de canciones urbanas, de fragmentos de voces fantasmales (como en “La Semana de la Dulzura” que es un largo mugido sobre guitarras harapientas o en “La Canción de Olivia” recortada sobre un piano reverbiano), de rocks tocados como siesta del interior (“El Bombero”, “El Monstruo” que incorpora coros sin cuerpo). Estamos seguros de no haber captado completamente todas las aristas de este disco, pero sin dudas podemos decir que “Los Viejos”, una descripción de bar avinagrado y lleno de moscas en donde la voz de Prietto parece más cansada que nunca, es nuestra favorita.

Por Amadeo Gandolfo.

 

Gorillaz

The Singles Collection.

EMI

Re-escuchar los singles de Gorillaz (ese proyecto creado para los singles, sus pequeños cortos de tres minutos de Chuck Jones) es darse cuenta de cuán apropiada es esa banda para la década que pasó. Gorillaz es la banda de la colaboración, de la repetición de nombres, del cuestionamiento del mismo concepto de banda, la banda fantasma, transformer, gestáltica, con dos cabezas (una visual, Jamie Hewlett; otra musical, Damon Albarn) que siempre se ocultaban. Gorillaz es (un poco) en lo que nos hemos transformado en 10 años de Internet cada vez más rápida: pixeles, colores, avatares, en un campo de fuerza musical propio, creado con auriculares mientras vamos a nuestros trabajos, personalidades múltiples en múltiples plataformas. Pero más allá de eso, Gorillaz también fue un proyecto musical y en este puñado de canciones se escucha el porqué de su precognición: desde las cuatro canciones de Gorillaz (2000), todo bajos gordos, teclados tocados por esqueletos (guiños a los Specials), voces que se alejan radicalmente de la calidez y la vulnerabilidad (y el enojo) que alguna vez supo desplegar Albarn en Blur. Era frío pero al mismo tiempo tenía aquello que hacía falta para bailar, de forma distraída y ausente, pero bailar. “Clint Eastwood”, diez años después y cientos de reproducciones más tarde, sigue siendo una maquinita de producir zombies. Entre las canciones de Demon Days (ese disco triste y apocalíptico) solo se puede decir que está “DARE”, conmovedora por lo que significa: la única oportunidad dada a Shaun Ryder en años, su perfecta utilización, la manera en que domina la canción con dos líneas y la convierte en suya, el enorme hit que no puede ser negado. Plastic Beach es un disco optimista, es la luz luego de la tormenta (¿por qué? ¿Quién es más feliz hoy? Quizás solo los personajes de Gorillaz) y sus singles son más dispersos, yendo desde el cocainómano y fluorescente (deben ser esos teclados) “Stylo” hasta el decididamente alegre e infantil (en el más bueno de los sentidos) “Superfast Jellyfish”. 12 canciones, 12 años, un perfecto cortometraje de vida. Como las mascotas o las series de televisión. O las bandas de rock.

Por Amadeo Gandolfo.

 

Richard Hawley
Standing At The Sky's Edge.
PARLAPHONE

 

Qué difícil debe ser hacer música para nosotros. Que siempre hacés lo
mismo, o que por qué cambiás, que me gustabas cuando no te conocía
nadie o que ahora que estás en la Parlaphone ya no te llevo en mi
celular. Y algo de todo eso pasa hoy con el último trabajo de Richard
Hawley.

Hawley, segunda guitarra de Pulp por un tiempo, y voz cavernosa,
orquestaciones ampulosas y canciones letales en sus primeros discos,
fue llamado el Sinatra de la clase obrera. Una suerte de dandy fuera
de tiempo y lugar, tan lejos de Las Vegas, tan cerca del humo
posindustrial.
Hoy, en Standing At The Sky's Edge, su séptimo trabajo, intentó
escapar de esos sonidos, y ahí las reprimendas. "Quería alejarme del
sonido de mis discos anteriores y hacer un disco con dos guitarras,
bajo, batería y sonido de cohetes", dijo hace poco. Y lo hizo, al
menos en los primeros temas: rock, guitarras, aspereza. Pero cuando
vuelve a esa voz, a esas canciones, respiramos aliviados sobre el
terreno conocido. ¿Conservadores, nosotros? Nah.

Por Francisco Huisman.

 

Jack White
Blunderbuss.
COLUMBIA

Ahí está, el es Jack White. Tal vez lo recuerden de los White Stripes o de los Raconteurs o de The Dead Weather, o de alguno de esos tantos trabajos que produjo o de alguna de esas películas en las que actuó. Tal vez te suene su voz -tan Robert Plant-, el sonido crudo de su guitarra, sus riffs explosivos, su capacidad de hacer canciones que pueden sonar viejas y nuevas al mismo tiempo: clásicos instantáneos e imperecederos. Ahora, con Blundebuss, por primera vez se anima y le pone su nombre y apellido a un disco, su primer trabajo solista. Solista, aunque bastante acompañado: más de veinte personas tocan y se suben al tren loco y arrollador de White. Y hay de todo en Blunderbuss: desde esa suerte de funky-guerrillero-alla-Rage-Against-The-Machine en "Freedom at 21" a ese final casi de musical con "Take Me With You When You Go". Y en el medio y todo el tiempo: rock. El tempo, las guitarras y la voz y esa cosa indescriptible que se siente cuando escuchás algo que vale la pena.

Por Francisco Huisman.

 

Atrashaytruenos

Romanza.

RANDOM

Los Atrashaytruenos vienen de Neuquén, no sabemos cuántos son y hacen buen y viejo rock espacial pero con guitarras más rápidas, más rock y menos espacial. Es la clásica banda cuyas canciones más que canciones son paisajes. Este disco, de hecho, suena como  un largo tema con cortes aleatorios. Lo cual por momentos es bueno y por momentos no tanto. No suenan mal. De hecho el disco suena muy límpido. Pero tampoco hay nada demasiado memorable aquí. Los nombres de los temas son muy buenos, especialmente “Me Explota La Cara”, probablemente la mejor canción, quizás porque su nombre hace que la recuerdes. “La Nueva Bola” es un encomiable intento de hacer uno de esos quilombos de sonido que sin embargo tienen melodía, pero le sobran dos minutos. Suena como un disco que quedaría perfecto con el lugar de origen de la banda. Imaginamos una estepa desolada, el viento chillante y la distorsión de este disco. Eso es bueno. Quizás si lo hubiésemos experimentado así, nos hubiese gustado más.

Por Amadeo Gandolfo.

 

Marina And The Diamonds

Electra Heart.

ATLANTIC/CHOP SHOP

Hace dos años, cuando salió su primer disco (The Family Jewels) Marina Lambrini Diamandis (su verdadero nombre) fue un soplo de aire fresco, una chica que cantaba raro, como si hubiese crecido escuchando Kate Bush en una cabaña de Gales mientras vestía polainas y calzas platinadas. Su voz descolocaba pero a la vez era extrañamente melodiosa, a veces operística, a veces susurrante, por momentos pareciendo desconectarse del ritmo general para volver a él, como un viajero en el tiempo que queda desconectado de la espina dorsal temporal unos segundos antes de ser apresuradamente atraído hacía ella de nuevo.

Su disco nuevo es, para ponerlo de un modo caritativo, un affaire desafortunado. Toda la reflexión sobre las fantasías del espectáculo, sobre el deseo femenino ha devenido caricatura. En su afán de burlarse de las estrellas pop hiper-sexualizadas parece estar transformándose en una de ellas. ¿Qué necesidad hay de hacer canciones como las de “Bubblegum Bitch” o “Homewrecker” en las que presume una identidad sexual predatoria? Lo más triste es que cuesta creerle. La inteligencia de Marina en su primer disco era que hablaba sobre lo que imaginaba eran las fantasías de Hollywood y el mundo del espectáculo, pero desde la posición de un outsider. Ahora la distancia de la fantasía se ha eliminado y quedan unos beats chocantes y vulgares y letras que supongo quieren meterse en la piel de diversos personajes pero están demasiado plagadas de clichés para ser convincentes.

Hay una sola canción que sobresale por sobre las demás. Su nombre es “Teen Idle” y continua la línea de su primer disco. Una canción de un outsider deseando (retrospectivamente) haber aprovechado mejor su adolescencia siendo popular y feliz, en vez de ser triste y rebelde. Es una bella reinterpretación de lo que significa gastar tu juventud y tiene un coro de niños arrollador (y realmente irónico). La voz de Marina es fantasmagórica y gigantesca. Una pena que el resto del disco no suene así.

Por Amadeo Gandolfo.

 

The Beach Boys

That’s Why God Made The Radio

CAPITOL

 

Un manto de inverosimilitud cubre el nuevo disco de los Beach Boys. Hay números que no cierran, datos que parecen de otra época, homenajes a cosas que ya casi no existen –la radio y todo su imaginario– y un sonido que parece emitido por un radar y que cinco décadas después, por esas cosas de la astronomía, nos alcanza.

Con That’s Why God Made The Radio los chicos de la playa llegan al disco de estudio número 29 de su carrera, justo a los 50 años redondos de recorrer las costas bravas de la industria musical, después de haber sorteando varios acantilados y precipicios. Y acá están, otra vez, impecables, con su música, sus coritos, sus camisas floreadas, sus falsetes. La inocencia hecha canción, con estribillos que hablan de buenas vibraciones, de California, del océano, de playas en la mente.

Por Francisco Huisman.

 

Patti Smith

Banga

COLUMBIA

 

Vuelve Patti Smith y eso siempre, pero siempre, es una buena noticia. Y más si lo hace con un disco de canciones propias, nuevecitas, a ocho años de Trampin’ y a cinco de Twelve, aquel compilado de antojos, que incluía, entre otros, temas de Nirvana, de Hendrix, los Beatles y Neil Young.

Ahora, a sus 65 años, ya es tiempo de dejar de llamarla la madrina del punk y comenzar a llamarla la madre de todo. Su música, su poesía, su libro (Eramos unos niños: su historia junto al fotógrafo Robert Mapplethorpe) sus lecturas y relecturas (de Bolaño a Bulgákov, pasando por Nicanor Parra) hacen de ella una presencia inabarcable, un digesto de la cultura popular del siglo pasado y de este que recién comienza.

Y más ahora, que vuelve con Banga: poesía, música, lecturas y relecturas, y así, hasta abrazarlo todo.

Por Francisco Huisman.

 

Hot Chip

In Our Heads

UNIVERSAL

En algún momento de la memoria todos los álbumes de Hot Chip se confunden y es muy difícil pensarlos aparte. Un disco de Hot Chip es una cosa compacta y resistente, que tiene una estructura sólida y dos o tres grandes hits. Si alguien me parase en la calle y me preguntase cuáles son mis tres canciones de Hot Chip favoritas, no sabría qué decirle. Pero inmediatamente las escucho o leo sus nombres sé exactamente cómo suena su estribillo. Este último disco está dentro de esos patrones de excelencia que  no sobresale. Tiene un primer tema que arranca con todo (como todos los discos de Hot Chip), un poco de disco, voces angelicales, la cercanía épica con el mejor AOR de los 80s, esos temas largos e in crescendo que funcionan muy bien en las discotecas donde suelen tocar (“Flutes”). Con Hot Chip pasa que uno no recuerda exactamente sus canciones, pero una vez que vuelve a los discos hay una sensación completa de “qué pilas y qué agradable y qué ganas que tenía de escuchar precisamente esto”. Es raro.

Por Amadeo Gandolfo.