Yo vi al Diablo

El tercer largometraje de Santiago Mitre juega de nuevo en el campo de aquello que no se dice, pero tampoco se calla. Simplemente flota en el plano para que el espectador conviva con los interrogantes que deberá enfrentar y sortear una y otra vez.

Algo muy extraño recorre la nueva película de Santiago Mitre: una atmósfera enrarecida que hace que todo parezca estar levemente corrido del eje; una sensación de peligro constante, de amenaza, de estar en presencia de algo macabro. Incluso en sus primeros minutos, en los que juega con el retrato más bien realista al introducirse e introducirnos en la Casa Rosada y en ese mundo desde la puerta de servicio –con los varios intentos de un operario que necesita ingresar a la casa de gobierno pero le anotaron mal el nombre y, luego, con un recorrido en el que vemos a distintos empleados del lugar y que desemboca en los asesores del presidente–, hay todo un clima de extrañeza que va in crescendo hasta el momento en que la película se desdobla, “se parte en dos”.

“El mal existe”, reza uno de los afiches de la película, en letras rojas, sobreimpreso en una imagen en la que Ricardo Darín parece ser la encarnación de aquel mal. Ese tagline es una línea de diálogo de la película, dicha por el presidente Hernán Blanco (Darín en su mejor actuación desde El aura) durante una entrevista que le realiza una periodista española (Elena Anaya). Ahí, Blanco también cuenta un sueño aterrador que tuvo de chico en el que se le aparecía un zorro rojo con cuernos y lo partía en dos, y también cuenta que cuando le describió ese sueño a su abuelo este le confirmó, asustado, que había soñado con el Diablo.

Nada termina de explotar en la película excepto la ventana de la habitación de hotel donde se hospeda Marina Blanco (Dolores Fonzi en su mejor actuación desde El aura), la Primera Hija, en una escena que hace que la película vire hacia terrenos extraordinarios, pero esa sensación de que todo esto es el presagio (y, a juzgar por ciertos detalles argumentales, también la consecuencia) de algo terrible, espantoso, incluso diabólico está siempre presente.

Es en ese viraje que la película pasa de la descripción de un universo particular a algo mucho más rico, complejo y cinematográficamente virtuoso: la ventana antes mencionada estalla, atravesada por una silla, y en la habitación queda Marina Blanco en estado catatónico. Los médicos la ven y le hacen estudios, pero no le encuentran nada raro, si bien ella no reacciona. Cual Padre Karras, llega el psiquiatra Desiderio García (Alfredo Castro), quien recomienda una sesión de hipnosis. La escena que retrata dicha sesión es uno de los momentos más poderosos del cine local reciente, e instala una paradoja ya que, si bien es el momento más, digamos, “experimental” de la película, es también el que más nos remonta al cine clásico. Mitre funde y superpone montones de imágenes con maestría, y los violines estridentes del genial Alberto Iglesias, compositor habitual de Almodóvar, contribuyen a generar el clima exacto. Nunca sabremos si aquello que Marina recuerda durante ese estado de hipnosis sucedió como ella lo cuenta o no, si Hernán Blanco está diciendo la verdad cuando declara que esos hechos sucedieron antes de que Marina naciera o si hay algo muchísimo más oscuro atrás, ya que Mitre se rehúsa a darnos todo servido en bandeja: no le interesa explicar, resolver, atar cabos, tranquilizarnos. Y ese desconcierto que La cordillera genera en el espectador a raíz de su falta de respuestas contribuye al clima de extrañeza que la película transmite en todo momento.

Y, claro, también tenemos el retrato en versión macro del mundo micro que tan bien supo describir Mitre en El estudiante (y que tiene su correlato extradiegético en lo que refiere a las condiciones de producción de ambas películas). Todos los personajes (y aquí los hay a montones) están muy bien desarrollados; Mitre y Llinás, su coguionista, logran personajes ricos a partir de características pequeñas. Incluso un personaje en off como el del ex marido de Marina Blanco, quien está amenazando con sacar a la luz varias cuestiones que comprometen al Presidente, se convierte, en manos de Mitre y Llinás, en un gran personaje.

Todo esto que Mitre nos muestra y nos narra, toda la “rosca política”, todas las idas y vueltas entre Blanco y su hija, entre Blanco y sus asesores y entre Blanco y los demás presidentes que forman parte de la cumbre durante la cual se desarrolla la película, resulta, cuando menos, apasionante. Pero lo más interesante de La cordillera es aquello que queda sugerido, inconcluso, entre sombras; la película de terror que hay latente.

 

La cordillera

De Santiago Mitre

2017 / Argentina / 114’

Estreno: 17 de agosto (Warner)