“Acúfenos”: Gustavo Friedenberg en busca de recetas para sus propios dolores

Experiencias personales, obras artísticas, en una propuesta distinta

Gustavo Friedenberg construye en “Acúfenos”, su opera prima, un relato sobre voces internas que resuenan en la cabeza de la protagonista para guiarla en sus días, tomando como base «La música de Julia» de Alicia Steimberg.

La película estrena el domingo 5 de junio a las 20 horas en el Espacio Experimental Leónidas Barletta, Diagonal Norte 943, para luego tener funciones de jueves a domingos a las 21 horas. Haciendo Cine dialogó con Friedenberg para saber más detalles de su trabajo.

¿Cuándo surgió la idea de transformar tu propia experiencia con los acúfenos en una película?

Siempre que me sucede algo notable o me encuentro con algún texto o una imagen que me conmueve, pienso en la posibilidad de hacer algo creativo con eso.  La mayoría son ideas que se van perdiendo en el camino, porque al final, te das cuenta que sólo eran ocurrencias divertidas, pero hay otras que reaparecen y prevalecen en el tiempo, tal vez con otra forma, o se empiezan a cruzar con otras ideas pero como parte de un mismo universo posible, y entonces es cuando me doy cuenta que definitivamente, ahí hay algo. Los acúfenos me llaman la atención hace tiempo porque mi viejo tiene uno hace más de 30 años, vio 450 especialistas y no hubo caso; ni la ciencia, ni las terapias alternativas ni la psicología tienen una respuesta contundente al respecto. Cuando leí la novela de Alicia Steimberg, que es una persona que ocupa un lugar muy importante en mi vida. De hecho, esta es la tercera vez que tomo una novela de Alicia Steimberg como disparador para un nuevo proyecto. Evidentemente encontré conexiones interesantes. Por lo demás, yo soy un artista escénico, creo que si no hubiese sido por la pandemia nunca me hubiese metido en un proyecto de cine, pero ahora estoy fascinado con las posibilidades narrativas que ofrece. No es que antes me fueran totalmente ajenas, de hecho mis obras escénicas tienen una mirada bastante cinematográfica, pero no me daba cuenta que hacer una película también era una posibilidad para mí.

¿Cómo seleccionaste a los intérpretes?

Con algunas ya había trabajado muchas veces; Debora Longobardi estuvo en todas mis obras y antes de eso, compartíamos escenario en “Domingo”, de Eleonora Comelli. Es una actriz super versátil capaz de hacer lo que sea, y casi que para mi no existe pensar un proyecto sin ella. Paula Lena también bailó en una obra mía anterior y es una referente del giro sufí en este país. Cuando empecé a pensar cómo sería traducir el concepto de “sonido constante” a movimiento, en seguida pensé en esos hipnóticos giros que ella sostiene en forma continúa por ratos larguísimos. Con Pascal Melnick me pasó algo parecido, aunque su material de movimiento es radicalmente otro; es un bailarín súper acrobático que cuando comienza a mover, nunca sabes dónde va a terminar aquel primer impulso. Lo tenía visto en las redes sociales y lo convoqué por instinto; fue un gran hallazgo. Los personajes de Ema y Peggy Kohen eran tal vez los más obvios porque quería que Ema fuese interpretada por una actriz trans y Peggy por una bailarina oriental, pero nunca había trabajado ni con Julia Amore ni con Yanela Taoi; por suerte  la cámara las ama y enriquecieron al mil por ciento mi propuesta.

¿Qué fue lo más complicado de atravesar el relato y tratar de tener presente su interés por la música y la danza en un audiovisual?

Seguramente lo más complejo fue la necesidad de sacrificar material; tenemos horas de rodaje y momentos fascinantes  de estos bailarines y de esta cantante que había que dejar fuera para que se construya la historia sin hacer una película de 3 horas, y sobre todo lo que me importaba es que el material de movimiento no se percibiera como algo separado de lo que le sucede a la protagonista. Tal vez lo más difícil fue lograr esa continuidad. Esa fue una de las razones que nos llevó a optar por no situar a los personajes en una locación específica; los escenarios se van construyendo a partir de unos pocos elementos que aparecen y desaparecen permitiendo generar una indistinción entre el interior y el exterior, el día y la noche, pero sobre todo, entre aquello que habita dentro y fuera de la cabeza de Julia. A su vez eso presentó un gran desafío técnico, porque el espacio en que fue filmado imponía sus propios límites a nuestras necesidades. Creo que llegamos a buen puerto.

La película se estrena en el Espacio Experimental Leónidas Barletta. ¿Te gusta la idea que sea el lugar que albergue el relato?

La primera persona que apoyó institucionalmente el proyecto fue Mariela Ruggeri, la directora del área de Danza del Centro Cultural de la Cooperación, de modo que yo quería que se estrene allí. Es como si hubiese sido la casa que nos albergó, aún cuando no pudimos desarrollar allí el proceso creativo debido a la pandemia. Esta propuesta comenzó con la intención de ser obra escénica, y hay algo de esa semilla original que la sigue acompañando, aunque se haya convertido en otra cosa; yo digo que es una película con perfume de teatro. En cualquier caso, por ser mi primera peli, perfectamente podríamos decir que se trata de un proyecto experimental, y este espacio que ha sido incorporado recientemente al CCC tiene mucha historia; en  cierta forma para mi tiene mucho sentido que se estrené allí. Al mismo tiempo, creo que me hubiese dado mucho vértigo pasar directamente a una gran sala de cine. Eso lo dejamos para la próxima.

 

 

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