Berlin: Yendo de la Berlinale al living (Parte 2)

Marcelo Alderete analiza la nueva sección competitiva titulada Encounters, junto a un par de joyitas que se pudieron en las primeras jornadas del festival berlinés.

Por Marcelo Alderete

El año pasado el festival de Berlín tuvo un cambio en su equipo de programación. Luego de años de ser estar bajo la dirección de Dieter Kosslick, el festival y la selección de películas pasaba a manos de un nuevo director y nuevos programadores. Carlo Chatrian con su equipo, comandado por Mark Peranson, provenientes del festival de Locarno, se hicieron cargo de la dirección artística. Para hacer una comparación futbolera podríamos decir que un técnico veterano, que no sacaba a su equipo campeón desde hace muchos años era reemplazado por uno joven que traía renovadas ideas a un evento que las necesitaba desesperadamente. El tiempo haciendo su trabajo, como dijo alguna vez Jorge Valdano. Y será el tiempo también el que dirá si esos aires de renovación realmente llegaron al festival o solamente se trató de un cambio estético.

El futuro lo dirá, pero, por ahora, el cambio más notable fue la creación de una nueva sección competitiva llamada Encounters.

Encounters se transformó entonces en la nueva competencia de Berlín adonde irían a parar las películas más arriesgadas y/o los nuevos autores que, al tratarse de un festival clase A, quizás ubicarlos en la competencia internacional resultaba una apuesta demasiado audaz. Si bien esto puede llegar a sonar como una simplificación del trabajo de un equipo de programación, un festival del tamaño y presupuesto de Berlín necesita de películas con estrellas y populares de cara a los medios de prensa y otras necesidades publicitarias que van más allá del valor en sí de las películas. Pero, si nos ponemos más cínicos, aunque solo un poco, podemos decir que la creación de una nueva competencia dentro de un festival también sirve para poder ofrecer a las películas y sus realizadores un lugar más destacado. En el mundo de los festivales todos quieren competir. Y también como una forma de conseguir películas que de, de otra forma, se irían a otros festivales. De esa manera el año pasado dicha sección pudo contar con Malmkrog de Cristi Puiu, quizás una de las diez mejores películas que participaron de la edición y que seguramente será más recordada en el tiempo que la ganadora del Osos de oro.

Este año Encounters no cuenta, con la excepción de Denis Coté, con nombres tan conocidos, pero sí con una variada selección que va desde películas que juegan con el género del terror como Bloodsuckers de Julian Radmaier y The Scary of Sixty-First de  Dasha Nekrasova (y un poco la nueva de Jim Cummings, The Beta Test), pasando por documentales y ficciones más clásicas como Rock Bottom Riser de Fern Silva, Nous de Alice Diop, Moon, 66 questions de Jacqueline Lentzou o la suiza-argentina Azor de Andreas Fontana. Pero hay dos títulos por los cuales seguramente se hable mucho de esta nueva sección. El polémico film chino Taste de Lê Bảo, que divide las aguas entre quienes la ven como el descubrimiento del festival y los que simplemente se encontraron con una película que, una vez más, estiliza la pobreza con sus aires de película de arte apoyada por la poderosa empresa Wild Bunch.

Y la otra es la que seguramente sea la mejor película alemana de la Berlinale, el retorno al cine a ocho años de su ópera prima del realizador Ramon Zürcher, esta vez en compañía de su pariente Silvan Zuchner, con «The Girl and the Spider», en donde su vuelve a las obsesiones y formas de su anterior film, The Strange Little Cat, para crear una película de una precisión tan distante como emotiva, si tal cosa es posible, mientras en su banda de sonido escuchamos variaciones pianísticas de la canción Voyage, voyage (Vuela, vuela, para el público hispano), en un capitulo más de esa extraña relación entre el cine artístico europeo y las canciones pop, un tanto berretas. Si bien quedan películas por presentarse, la nueva sección Encounters no termina de definir su perfil. Habrá que ver si alguna vez llega a tenerlo o simplemente seguirá siendo la competencia B del festival.

La competencia internacional, por otro lado, sí cuenta con algunos nombres admirados y reconocidos por la cinefilia. A pesar de que muchos títulos aún no se vieron, y de otros no podemos hablar por el embargo, en los papeles la selección de este año suena prometedora. Directores que en principio se podría sospechar que tenían su lugar asegurado en Cannes como Xavier Beauvois y Celine Sciamma, o el prolífico Hong Sang soo con Introduction, filmada en parte durante la pasada edición de la Berlinale, como había hecho anteriormente con Claire’s camera en Cannes, hasta las esperadas nuevas películas de Radu Jude, una comedia brutal sobre la pandemia, con escenas de sexo explicito incluidas, a la trilogía de cortometrajes del japonés Ryusuke Hamaguchi, de los cuales, uno de ellos es una obra maestra, y la que seguramente será una de las películas más grandes, en más de un sentido, del festival: What do we see when we look at the sky? la nueva película del georgiano director de Let the summer never begin, que vuelve con una historia fantástica y romántica en donde se pueden ver aires del universo narrativo de Mariano Llinás (con quien comparte, además, el gusto por la actuación, ya que se lo puede ver protagonizando la mencionada Bloodsuckers), esa idea de que el cine aún puede ser una máquina narrativa de infinitas posibilidades y que es, además, un canto de amor a los argentinos y su futbol, tanto que se anima a reescribir las historia de los mundiales para darnos una alegría tan inesperada como emotiva, y en donde en una secuencia, en la cual es muy difícil no dejar escapar una lágrima, se escucha Notti magiche, aquel recordado himno del mundial de Italia 90. Será difícil, o una gran desilusión, que la película del gerogiano no forme parte del palmarés.

La presencia argentina, a pesar de no contar con títulos en la competencia mayor (y sin incluir Azor, cuyo director es suizo y la serie televisiva Entre hombres), es realmente sorprendente. Dejando para más adelante un análisis más profundo, tanto «Qué será del verano» de Ignacio Ceroi como «Esquí» de Manque La Banca, ambas presentes en el Forum, apuestan por un cine que busca en sus particulares e “impuras” formas, nuevas maneras de narrar. En la amplia, en todo sentido, sección Generation tendrá su estreno mundial «Una escuela en Cerro Hueso» de Betania Cappato, un documental que muestra, sin estridencias, que aquello de la distancia justa a la hora de retratar a las personas aún es posible. Esperemos que esos pasajeros ataques de patriotismo que despiertan en algunos medios la participación de películas argentinas en los festivales internacionales, también se repita al momento en el que estos tres títulos, tan personales y alejados de los grandes nombres que aseguran publicidad, sean estrenados y así tengan la posibilidad de ser vistas como se lo merecen.

Antes de despedirnos, por ahora, hagamos un breve paseo por la alfombra roja del festival.

Ayer fue el estreno del documental Tina, producido por HBO y dedicado, obviamente, a la figura de Tina Turner. Más allá de algunas emocionantes imágenes de archivo, la multitud en Rock in Rio entre ellas, es difícil encontrarle algún valor a este infomercial sobre la cantante. Pero hay un dato que llama la atención, en sus dos horas de duración, en las cuales escuchamos todos los hits de Tina, nunca suena Private dancer, una de sus canciones más exitosas, y esto quizás se deba a su letra, que hoy sin duda alguna sería automáticamente cancelada.

Y así, esperando que se estrenen las últimas películas y se entreguen los correspondientes premios, nos despedimos hasta la próxima.

 

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