“El Apego”: Javier Diment recorre el amor y desamor con su estilo personal

Protagonizada por Lola Berthet y Jimena Anganuzzi, la película del director de "La Memoria del Muerto" desembarca en salas comerciales y en el Malba.

El talentoso realizador Javier Diment presenta «El Apego», su más reciente producción cinematográfica, con la que vuelve a la ficción en un relato que escapa a lugares comunes y se escapa de las convenciones.

Además del estreno en salas comerciales y en el Malba a lo largo del mes, la plataforma Comunidad Cinéfila realizará un Foco en el trabajo de Diment como director y productor, donde se verán El sistema GoreVisión, El Eslabón Podrido y La Feliz.

Hablamos con él para conocer más de su trabajo y de cómo, a partir de la violencia, construye los universos de sus películas, que, en este caso, tiene a la mujer en el centro con las potentes actuaciones de Lola Berthet y Jimena Anganuzzi.

La violencia, en sus muchas formas, es un tema recurrente en tus relatos. ¿Por qué?

El mundo, la vida comunitaria, la vida individual, hasta la vida subatómica imagino, son violentas. La represión es la base de la civilización. Y la violencia lo más reprimido, porque media en todo, todo lo que se reprime (sea impulsos sexuales, voluntad de acumulación, competitividades, etcétera) apela a la violencia como para imponerse por sobre el deseo del otro. Y una de las preguntas que se me pone en juego es qué hacemos con eso que obligatoriamente debemos reprimir, donde lo metemos. La narrativa es uno de los mayores y mejores depósitos de esos impulsos tremendos que uno debe relegar a través de grandes esfuerzos y con el apoyo de muchos relatos (como los que ofrecen el psicoanálisis y la religión, por ejemplo), para ejercer esa represión y a la vez no implotar. Al margen de sus propios vicios y bardeadas, de su mala prensa, la represión nos hace humanos, nos da una vida comunitaria. Somos frascos a presión,  haciendo esfuerzos por no volar en pedazos según los mandatos de nuestro instinto.

Y así vamos, siempre en el límite, entre el miedo a las violencias ajenas y a las propias, alternando entre ser abusivos y abusados, según el momento, el encuentro, y la relación de fuerzas.  Tal vez esa conciencia, ese miedo, haga que me de una especie de tranquilidad tener donde poner eso reprimido propio y eso que me aterra del afuera, ponerlo ahí, tener donde mirarlo, tener la sensación de que estoy haciendo algo con la violencia, propia y ajena. Y además me divierte, y me emociona la descarga, y me funciona como pulso dramático, catarsis, motor narrativo. Por otro lado como espectador es raro que una película que no tenga adentro (en la forma que sea) la presencia fuerte del cuerpo (es decir, deseo y violencia, por contenidas que sean), me logre interesar. Así que bueno, tanto en las ficciones como en los documentales, la administración de la violencia es un tema esencial para mí. Al menos hasta ahora.

La cinefilia y la pasión por el cine clásico, en esta oportunidad, le ofrecen a «El Apego» una envoltura que es clave para adentrarse en la historia de las protagonistas. ¿Cómo pensaste este estilo tan particular que tiene, sobre todo en la primera parte?

La historia es cero naturalista. Siempre la pensamos así: casi literatura, un objeto, una pieza de orfebrería, artificiosa, barroca. Entonces la estética se pone en favor de esas ideas. El blanco y negro colabora a esa desnaturalización, ayuda a concentrar la atención en los encuadres y actuaciones, a correrse de lo más actual, coyuntural, colabora a la idea de lo retro. Después «la cinefilia y la pasión por el cine clásico» son el alimento central, lo que motoriza las inquietudes estéticas, las ganas de probar cosas, de aprender de película a película. Más mirás, más querés saber, más querés probar, experimentar, poner en juego. Y por otro lado no soy muy amigo de esa idea realista naturalista de que hay un valor en que no se note la mano y la mirada del autor. Si aparece y juega en favor de la historia y los personajes, me parece mucho mejor.

¿Cómo fue el trabajo con las coguionistas y qué tanto quedó de la idea que acercó Lola para el desarrollo de la propuesta?

La película sale de las ganas de trabajar juntos entre Lola Berthet, Jimena Anganuzzi y yo. Luego de hablarlo en distintas ocasiones, un día desarrollé dos personajes, uno para cada una, y unos disparadores básicos, y nos reunimos con eso. A partir de ahí empezamos a desarrollar un argumento que contuviera a esos personajes, y nos dieran muchas posibilidades narrativas, dramáticas y de actuación. Vimos películas, discutimos, fantaseamos, nos reímos mucho. Probamos para un lado, para otro, y fuimos avanzando. Una vez desarrollada esa línea argumental, me dediqué yo a escribir el guion, y luego, una vez que ganamos un concurso del INCAA y ya supimos que la íbamos a filmar, nos sentamos a profundizarla, leyendo minuciosamente cada línea de diálogo, cada acción, discutiéndolas, buscándoles el asidero profundo a la lógica interna del relato y los personajes. Las ideas que barajamos en ese desarrollo son exactamente lo que quedó en la película, la verdad. Algunas cuestiones sí, claro, se modificaron o excluyeron, pero la esencia del relato está ahí completamente presente.

Hay algo del cine español post Franco, de la explosión de la relectura de géneros que potencia tu historia. ¿Qué influencias tuviste a la hora de encarar la narración?

El miedo que me da es que mencionarlas pueda sonar a que crea que estoy en la línea de estos monstruos, pero no, solo es un relato operativo de qué cosas repercutieron o fueron utilizadas de algún modo, con algún tipo de diálogo, para hacer esta peli. Las más explícitas fueron el trío Sirk-Fassbinder-Almodovar, la línea esa de melodramas atravesados por los excesos. En relación a lo que decís de los españoles, me vienen algunas películas, pero no sé si las pensé ahí, o acá, o dónde. Pienso en «El orfanato», de Chicho Ibañez Serrador (aunque acá habría una sola pensionista), o en «Tras el cristal», de Agustí Villaronga, una película buenísima que transcurre casi toda en una sola locación con muy pocos personajes. Obviamente Almodóvar, (no está de más repetirlo) y algunas referencias de Alex de la Iglesia. De Fassbinder sobre todo «El deseo de Verónica Voss», pero también «El matrimonio de María Braun» y su montaje interno genial, «Ruleta China» y los reflejos y los cristales, etc. Algunas ideas de puesta de cámara de los thrillers de Raoul Ruiz. La dupla Aldrich-Bette Davis. «Las diabólicas»,  de Clouzot, por ejemplo, es una referencia obligada pero no la tuve en cuenta, se debe haber colado de algún modo. Leonardo Favio porque sí, porque está siempre presente, aunque sea en el mundo abstracto o en las ganas de filmar. También las películas de parejas peligrosas, tipo «Badlands», de Malick, o «Honeymoon Killers», de Leonard Kastle, o su remake «Profundo Carmesí», de Ripstein. Algo en la relación de los personajes con la casa en «Los muchachos de antes no usaban arsénico», de Martínez Suarez. Con Carpenter uno siempre consulta, y con el Buñuel mexicano… Y otras que ni me imagino, y otras que me olvido. Ah sí, por ejemplo Claudio Beiza, el DF, trajo referencias de Wong Kar Wai y de Percy Adlon para la parte color.

¿Cómo seleccionaste al elenco y cómo fue volver a trabajar con “viej@s” conocidos?

El juego de seleccionar el elenco fue buenísimo, participaron mucho Jime y Lola, y trabajamos con gente que queríamos y que conocíamos. Marta Haller estuvo presente desde el primer momento en que apareció ese personaje, Germán de Silva también. Ya había trabajado con ellos y me encantan. Edgardo Castro es amigo de las chicas, a Andrea Nussembaum la había visto en una obra de teatro y me pareció impresionante. A Elvira Onetto la vi también en teatro muchas veces. Qué se yo, todo un lujo. Noelia Prieto es una re actriz, Marcela Guerty, Vale Giorcelli… Yo que sé, toda gente querida y que labura espectacular. El cameo de Luis Ziembrowski, con quien tanto he laburado y a cuyos grandes oficios tanto le deben mis películas…

Tu cine siempre incomoda, nos cachetea, nos interpela, evita lugares comunes. ¿Desde dónde buscas conectar con el espectador?

Creo que es porque así me relaciono conmigo mismo. Siempre me estoy molestando, acusando de cosas, señalando pelotudeces, enojándome por hacérmela fácil, por caer en solemnidades y lugares comunes. Y ese sistema que uno es, se replica en las cosas que uno hace. Trato de filmar bastante contra esas cosas que me salen a la primera, es decir esos automatismos, y también muy según lo que me gusta, me divierte ver; trato de ser leal a la lógica interna de la historia y de los personajes, de ser riguroso y a la vez divertirme, de que lo que hago (filmo, escribo) me ayude a pensar. Y en definitiva hago lo que me sale, no es que busco eso que mencionás. Hay un «es lo que hay» de base, y ahí adentro hacemos lo que podemos.

¿Expectativas por el estreno?

Más miedos que expectativas. Un estreno tan chiquito no ofrece muchas posibilidades de expectativas en un punto. Con eso estoy medio en crisis. Ni siquiera puedo hacer una avant premiere medianamente digna porque tengo la sala chiquita del Gaumont, y con aforo del 50 por ciento; las condiciones de distribución no son buenas la verdad, es muy frustrante eso. Pero bueno, el Malba es un buen lugar, eso se aprecia, es una alegría que quieran la película ahí. Ahora la idea sería que pueda durar algunos meses, veremos si lo logramos.

¿Cuál de los personajes de El Apego es el que te gusta más y por qué?

No, imposible elegir uno por sobre los otros, es una constelación, un sistema. Irina tiene la curva conmovedora del romperse, liberarse del peso de la madre, del despertar amoroso; Carla esa mezcla de peligro y fragilidad; Dominga nos da el anclaje naturalista, incluye el afecto dentro de ese mundo tan jodido; Ortiz tiene una distancia y un respeto muy de código callejero, tanguero. La parejita de Perla y Roberto me parecen despreciables y divertidísimos. Todos me encantan.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?

Con mi socia, Vanesa Pagani, estamos produciendo dos proyectos buenísimos: El miembro fantasma, de Macarena García Lenzi (genial co-directora de Piedra, papel y tijera), y Bravo, ópera prima de Bonzo Villegas, un santiagueño monstruo. Y mientras desarrollando un guion inspirado en hechos reales con Patán Ragendorfer, muy divertido, y tomando notas para otras cosas. En movimiento, digamos.

 

 

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