El cine LGBTIQ+ y su recepción en la crítica cinematográfica

Hace unas semanas que sorprende la intensidad con la que la crítica intenta leer una metáfora sobre la homosexualidad en LUCA, de Disney Pixar, evitando hablar de aquello que realmente importa en la propuesta, la amistad y el trabajo en equipo.

El multifacético Santiago Giralt, realizador, guionista, productor, actor y escritor, hablaba hace un tiempo en un vivo de Instagram sobre el cine LGBTIQ+ de Estados Unidos, ofreciendo un extenso listado sobre realizadores, realizadoras y películas, que permitían entender el panorama de representación que el país del norte ha tenido durante años y años.

No es extraño que el mismo Giralt, impulsor de, por ejemplo, una propuesta como «Primavera», la primera película argentina en donde se mostraba una boda entre dos hombres, pueda poner en palabras algo que en los pasillos de las redacciones y en charlas que reflexionan sobre el cine se rumorea hace ya bastante tiempo: la crítica argentina es machista, y en medios masivos está conformada sólo por hombres, con una injerencia muy pequeña de mujeres y disidencias.

Por eso no es casual, que una crítica sobre «Jess & James», película que dirigió y que se estrenó en 2017, haya tenido el título de “Abiertamente marica”, y que ese titular lo haya sorprendido en tiempos en donde conquistas y avances de género nos permiten comprender de otra manera los discursos emergentes de una época, algo inconcebible para cierta crítica patriarcal que evita impulsar una mirada positiva (como el texto hace) a la proliferación otros y discursos alejados de la norma hetero.

“Hay una mirada sobre el cine que hacemos directores como yo que no tiene el sello de arte hegemónico de los grandes festivales o las grandes productoras detrás. Una parte de la crítica valora de modo diferente esas expresiones y no busca en ellas su particularidad y lo que aporta a una diversidad cinematográfica. En mi caso, soy un director queer, soy abiertamente público con mi vida y mis formas de amar y he trabajado con un elemento de mariconería, de pluma, en la forma general de mi trabajo. Hay un toque de pluma, que no es la idea del gay masculinizado y heteronormativizado que puede hacer potable nuestra diversidad o la discreción aristocrática de un director que se contiene. Desde lo que he leído acerca de mi trabajo, el costo de ese punto camp, que celebran en Waters, Almodóvar, Haynes o Dolan, y que no pueden digerir de un director local. Que la mirada sobre mi trabajo se centre solamente en la pluma o en la ética queer y no se llame la atención sobre el trabajo plástico de la imagen y el sonido me resulta al menos alarmante”, reflexiona Giralt, quien además, por ejemplo, tuvo una primera versión de su último largo «Queer Diaries», llamado «Familia Feliz», presentado y rechazado por cuatro realizadores de renombre en el INCAA, por lo que tuvo que reorientar su propuesta y encararla de manera independiente.

“Creo que hoy no sé si se animarían  a poner el término marica, así como en esa crítica, de esa manera despectiva, discriminatoria, donde se marca esa diferencia. Sí es cierto que es llamativo que sea la crítica relacionada con el mundo del arte y el cine, los cuales siempre intentan romper, mostrar, contar historias donde nos hagan reflexionar de otra posición, sea las que les marque esa diferencia. Más allá de la calidad artística de la obra, el poner un “marica” no hace referencia a la obra en sí sino que justamente marca una discriminación. En el mes del orgullo, donde nos preguntamos por qué se festeja el orgullo gay y no el hetero, aun hoy hay que marcarlas, porque se siguen viendo discriminación por orientación sexual: niños y niñas y adolescentes trans que son expulsados de sus casas por ser quienes son. Es llamativo lo ocurrido con Luca, una película que disfruté muchísimo y la verdad no me estaría preguntando si hay un mensaje oculto, si hay un personaje gay o no, si hay una metáfora de salir o no. Todo el ruido que se armó preguntando sobre si los personajes son gay o no y el agua que los refleja como son. Resulta llamativo la pregunta abiertamente al director sobre si es la primera película de Pixar con un personaje gay, y marcando eso. De hecho, desde que se conoció el tráiler que se la venía comparando con Call me by your name, y para mí la idea no es estar marcando la diferencia. Más allá que la película sea una historia gay o no, es la historia de unos amigos”, cuenta la periodista Fabiana Scherer, consultada sobre este tema.

“Es una forma de invisibilidad programada la que se ejerce, donde algo se tapa para que no se vea, es duro de vivir. Necesité compartir experiencias con mis amigas feministas para entender que había sufrido discriminación laboral y encontraba un techo y obstáculos en muchos proyectos. Como cineasta recién ahora estoy empezando a entender la cantidad de oportunidades que no se abrieron para mí por ser un hombre gay, queer, feminista, independiente y con una mirada inconformista. En el camino hice más diez películas, trabajé con maravillosos actores aquí y en Canadá y sigo construyendo una obra que cuestiona el presente y es un factor de cambio para pensarnos como comunidad”, agrega Giralt.

“¿Por qué la necesidad de marcar tanto el punto de la homosexualidad? Hay una necesidad de seguir marcando, pero la idea es que estemos abiertos a distintos relatos, cuestiones de respetos y amistades, y que cada uno pueda hacer sus elecciones correspondientes a lo que sientan y que cada uno pueda ser libre en qué hacer y sentir. Un artista o director no tiene que estar diciendo todo el tiempo si la obra representa a un colectivo o no, a menos que la obra tenga una búsqueda o una mirada que sí tenga que ver. Pero no que la crítica luego la mire con una mirada despectiva. Por otra parte me parece interesante también, que muchas veces está esta posición bastante hipócrita en los medios, de ser políticamente correcto, subiéndose muchas veces a hashtags, compartir, hacer ruido en las redes, y luego jugar con otra posición, o marcar esas diferencias”, agrega Scherer.

El caso de LUCA, mencionado por los entrevistados, y también imaginado como uno de los propulsores de esta nota, ha llegado a límites insospechados, con críticos de relevancia diciendo “es la película más gay de Disney”, anulando la posibilidad, que sí en un punto lo sea, se permita la reflexión correcta sobre ella.

“Recuerdo, por ejemplo, el tema de la relación de Patricio con Bob Esponja, donde siempre se especulaba con que si Bob era un personaje trans o no, lo que en su momento se había puesto en jaque en la parte más conservadora de los Estados Unidos de Bugs Bunny convirtiéndose en coneja. Me parece que la crítica, la observación, lo relacionado con las artes, con los medios de difusión, no tendrían que estar marcando estas diferencias. Sí tendrían que poner la mirada en lo que es la obra en sí, pero no detenerse en, salvo, insisto, que sea una película, una serie, que marque que va con una mirada LGBT. Sino no tiene sentido, me parece contraproducente”, concluye Scherer.

En tiempos en donde el queerbaiting avanza, el queercoding sigue vigente en todo el mundo, y hay mucha especulación sobre si una animación representa la salida del closet de sus protagonistas o no, seguir etiquetando a realizadores y realizadoras que abiertamente manifiestan sus preferencias sexuales, encasillando sus películas a que sean consumidas sólo por los miembros de un grupo, termina por ser contraproducente para los productos cinematográficos que realizan.

Y esto no es sólo impulsado por la crítica o la prensa especializada. Por citar un solo ejemplo local, cuando la épica “Las hijas del fuego”,  de Albertina Carri, ganó la Competencia Argentina de 20 BAFICI, y uno de los premios era la exhibición en la cadena que albergaba, por ese entonces, al Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, luego esta tuvo que encontrar otros circuitos cuando esas salas «omitieron» a la película en su programación.

Sobre esta película, la lúcida e inteligente Josefina Sartora, crítica y pensadora del cine afirma: “los límites son cada vez más lábiles. No hay un camino único para el cine, ni para el del varón ni para el de la mujer. Justamente lo que hizo Albertina Carri con esa película es demostrar que podía hacer porno y lesbiano, una cosa insólita, una película muy valiente, además de bien hecha. Cada vez estamos más abiertos, y eso que veo este momento como crítico en el cine en general, pero sobre todo en el argentino. Las cosas se están dificultando cada vez más, hay nuevas maneras de ver cine, producir cine. Ya el cine no es lo que era antes y hay que adaptarse a los cambios”.

La estigmatización es frecuente en un nuevo fenómeno que tiene que ver en la propagación de “memes” sobre películas, y sobre películas abiertamente lgbtiq+, como los que surgieron al momento del estreno de “Call me by your name”, y una de sus escenas, repetidos por la crítica, prensa, directores/as, programadores/as en redes, estigmatizando el relato hasta el hartazgo.

¿Por qué sí se avalan algunos nombres como dice Giralt, y en el desarrollo de las críticas se elude su contenido LGBTIQ+? ¿Y por qué en otros casos y ejemplos no? Es tiempo de sumar voces, de aunar en la crítica al grupo más vasto y heterogéneo que se pueda imaginar, dejando de lado años y años de educación patriarcal, hasta en la elaboración de textos que reflexionen sobre aquello que la pantalla ofrece.

 

 

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