«El Desorden que Dejas» (Crítica): Sobre hombres que someten a mujeres

El nuevo policial de Netflix empieza plagado de misterios e intrigas, pero se termina convirtiendo, episodio tras episodio, en una producción machista que se regodea con el dolor y la muerte de mujeres en la pantalla.

En tiempos de empoderamiento e igualdad de género, llama poderosamente la atención que Netflix apueste a una serie como la española “El Desorden que Dejas”, de Carlos Montero, descuidando la importancia de propagar mensajes positivos y sin violencia hacia cuerpos femeninos, y de preservar el rol protagónico femenino.

Aquello que se presenta como un nuevo policial plagado de misterios e intrigas, se termina convirtiendo, episodio tras episodio, en una producción machista y que se regodea con el dolor y la muerte de mujeres en la pantalla. Inexplicable.

Si bien hay que entender que dentro de la ficción todo es posible, la lasciva trama va acrecentando su mirada desacertada y punitiva sobre el cuerpo de la mujer, en un contexto narrativo que termina por castigar a sus protagonistas por el sólo hecho de desear, amar, y querer sacar provecho de algo. ¿O es acaso que esto sólo puede continuar siendo potestad de hombres?

No es la primera vez que un producto audiovisual se deleita en mostrar con lujo de detalles el asesinato de una mujer, pero que esta serie, se disfrace de thriller, para luego desarrollar, por medio de una estructura narrativa con el flashback como principal recurso, una exposición sobre la virulencia, metódica obsesión y oscuros secretos de un pueblo, permite reflexionar sobre recientes y masivos discursos que proliferan por esta y otras plataformas.

Cuando Raquel (Inma Cuesta) decide aceptar una suplencia en un instituto en el pueblo en el que vivía su marido, nada le haría suponer que la anterior docente, Viruca (Bárbara Lennie) estaría envuelta en una historia en donde el dinero, la reputación, la familia, el matrimonio, son conceptos puestos a prueba desde una mirada distorsionada del universo.

No se puede pensar que “El Desorden que Dejas” no tuvo presente, a la hora de desarrollar su relato, la importancia de describir a sus dos mujeres centrales como víctimas. Con el correr de los episodios se les quiera revestir de cierto corrimiento hacia un feminismo oral, en la que en cada capítulo se mencionan a autores y lecturas esenciales de la corriente. Pero se convierten en estancos inconexos con lo que la trama realmente presenta.

Mujeres sometidas, confundidas, drogadas, perseguidas, abusadas, interpeladas, pero también por ahí andan jóvenes que se muestran ambivalentes, sexualmente activos, con ganas de amar y ser amados, también sometidos a una pluma que les reservará el peor de los destinos.

En el cóctel dominado por la misoginia se les agrega pederastia, drogas, orgías, al mismo tiempo que Raquel lucha con sus propios fantasmas, con el recuerdo de la madre muerta. A la vez, se suceden la enunciación de tópicos como eutanasia, poliamor, abuso de poder, pero todo en un nivel casi infantil.

“El Desorden que Dejas” comienza a desorientar, y tras un potente capítulo inicial, se desmorona la (supuestamente) ingeniosa estructura dramática, con lugares comunes, trazos gruesos y descuidos que resienten absolutamente todo y que ni siquiera recuerda, episodio tras episodio, aquellos descuidos que terminan revocando el verosímil con el que se presenta.

¿Qué sería del guion de la serie si no existieran teléfonos móviles, discos externos, pendrives y ordenadores portátiles? Todo se tamiza con la tecnología, y de la peor manera, construyendo una de Agatha Christie para dummies.

En fin, una serie que, aun contando con el talento de Lennie y Cuesta, más secundarios de Arón Piper, Ana Santos y Abril Zamora, no deja de ser nada más que una fallida propuesta.

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