Entrevistas BAFICI: el gran Bruce LaBruce revolucionó una vez más el festival

Ya un visitante frecuente del certámen, el realizador vino a la Argentina con su última película y hablamos en exclusiva con él antes del cierre de la muestra.

«Los amores de Lidia», ambientada en el mundo del porno, fue la excusa para que el ícono del cine queer Bruce LaBruce volviera, una vez más a BAFICI, Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, del cual ya fue parte en 2005 y 2011, respectivamente.

Además de estrenar aquí esta última producción, dio una masterclass, y pudimos dialogar con él en exclusiva para conocer más de su trabajo y profunda mirada.

¿Cuándo supiste que querías ser director?

En la secundaria quería ser crítico y estudié teoría del cine en la Universidad de Toronto. Pero en los primeros años nos hacían estudiar producción, fotografía, y Súper 8, y querían que continuara en esa línea: financiación, etc. Pero soy tecnofóbico, entonces seguí con mi interés por la crítica, tomando clases magistrales con maestros como Robin Wood, que escribía libros sobre grandes como Howard Hawks. Él salió del closet, y escribió un artículo llamado “Responsibilities of a gay film critic”, que era sensacional y fue mi supervisor. Luego tuve mis masters en crítica y pensamiento político. Después ingresé en la escena Punk, donde se experimentaba mucho con el Super 8. Hice algunos films queer,  y vi el racismo que había en la industria; pero en el hardcore punk también estaba ese racismo, así que empecé con mis películas y fanzines radicalmente homosexuales y luego ingresé en el mundo del porno duro, industrialmente, para CATZO en Berlín. Pero también quise comenzar con cine independiente.

Como antiguo crítico, ¿te interesa leer las críticas sobre tus películas?

Cuando estreno le digo a mi distribuidor que sólo me muestra las críticas buenas primero, y después de unos meses veo todas. Hay críticas muy inteligentes y otras malas, estúpidas, que no entienden lo que hice y dan una mala crítica. No ayudan, perdés el punto. Pero claro que hay críticas que acompañan y sirven. Creo que los directores tienen que ser críticos también, como pasó con los críticos de Cahiers du cinema. Recuerdo críticas muy malas, si te dan cinco estrellas, bueno, a mí me dieron estrellas pero negativas. Como una estrella, pero negativa, con títulos lamentables: una crítica decía que alguien me había dado un dólar para hacer otra película, cosas horribles.

Trabajás en la industria del porno y del cine independiente y sobre tu última película decidiste hacer una versión más light, que es la que trajiste aquí de “Los amores de Lidia”. ¿Por qué?

Cuando comencé a hacer películas industriales con actores porno, convencí a los productores de hacer una versión más suave, pero con las mismas escenas. Todo más suave, con escenas no tan explícitas, inspiradas en las películas porno de los setenta. Y en eso estuve trabajando. Por eso hago versiones más suaves para festivales o para el estreno en salas comerciales.

¿Qué te inspira?

Estoy interesando en representar lo irrepresentable, qué es tabú, qué no, los límites.

¿Tenés más libertad hoy en día para hacerlo?

No, al contrario, es todo más conservador. Podés ver shows en HBO o Netflix con desnudos masculinos frontales, pero no penetración, ese es el límite. No buscan cosas explícitas, creen que no hay mercado para eso. Por eso trato siempre de pensar qué podría hacer y empujar los límites de mi trabajo. Lo pienso como una competencia conmigo mismo. Creo que el porno es político: el cine tiene que hacerse preguntas sobre esto. A menudo estoy en el medio, porque mis películas independientes son demasiado pornográficas, y mis películas porno son demasiado artísticas. Así que estoy en el medio, no hay mucha gente que haga esto.

Tenés un grupo de fanáticos muy grande sobre tu trabajo, jóvenes, principalmente. ¿Te gusta ese feedback?

Es lo que más me gusta de los pequeños festivales que visito, porque si bien tuve premieres en grandes muestras como Cannes, Venecia, Locarno, me gustan estos más pequeños, queer, en Bogotá, Belgrado, Santiago de Chile. Hay una energía política muy interesante allí, porque la homosexualidad aún no está tan aceptada como en Estados Unidos, por ejemplo, algo radical. Creo que en Canadá y Estados Unidos, si bien hay más aceptación, el costo es ser radical, política y socialmente, y muchas veces todo es por oposición.

Si alguien no conoce tu trabajo, y tenés que elegir una película, solamente de toda tu trayectoria. ¿Cuál sería?

Creo que The Raspberry Reich, porque si bien siempre traté de buscar grandes productores para que me financien, es un proceso mucho más largo. En las más pequeñas puedo hacer todo más rápido, y creo que en esos proyectos en los que no tengo ni siquiera dinero logro mis mejores películas, como esta.

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